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diciembre 25, 2011

Pedagogía de los derechos humanos

No. 46 - Julio 1995
SOCIEDAD
Pedagogía de los derechos humanos
por Frei Betto
En América Latina se acostumbra decir que, en las escuelas, la pedagogía se distingue entre el método Piaget y el método Pinochet. Eso significa que los métodos de enseñanza no siempre son verdaderamente pedagógicos.
A menudo la enseñanza es represiva, inhibe potencialidades, reprime la creatividad y convierte al educando en temeroso frente a la realidad de la vida. Esto ocurre en una sociedad que pretende asegurar el respeto a los derechos humanos. En principio, ellos deben ser impuestos por la fuerza de la ley. Mas eso no basta, como demuestra la experiencia.

En casi todos los países signatarios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la ONU, tales derechos, por más que figuren en la letra de la ley, continúan siendo no respetados. Hay torturas a los prisioneros, censura a la prensa, invasión de la privacidad personal, discriminación racial y social, adopción de la pena de muerte, etcétera.

Por tanto, el aspecto objetivo de una legislación que garantiza los derechos humanos debe ser complementado por el aspecto subjetivo -una educación para los derechos humanos- de modo de convertirlos en un consenso cultural enraizado en el sentir, en el pensar y en el actuar de las personas.

Esa educación debe priorizar sobre todo a aquellas personas que tienen, por deber profesional, el papel de aplicar las leyes que aseguran pleno respeto a los derechos humanos.

Debatiendo sobre la Declaración Universal

Toda pedagogía centrada en el objetivo de convertir al educando en sujeto social e histórico debe caracterizarse por un agudo sentido crítico. En tal medida, no se puede adoptar los artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos como oráculos divinos, ideológicamente imparciales e inmunes a correcciones y perfeccionamientos.

Ellos reflejan una cosmovisión culturalmente condicionada por los valores predominantes en el Occidente de la posguerra. Hay allí mucho de utopía, distante de la realidad. De ahí la importancia de una pedagogía para los derechos humanos que parta del debate del propio documento de la ONU.

Por ejemplo, el Artículo I reza que "todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos". Hoy diríamos: hombres y mujeres. El hecho es que hombres y mujeres nacen dependientes. Como mamíferos, no podemos prescindir del cuidado de nuestros semejantes en los primeros años de vida. Y estamos lejos de nacer iguales en dignidad y derechos, basta verificar la situación de las mujeres en los países de Oriente, de los indígenas en América Latina, de los refugiados en los países de Africa o de los inmigrantes en ciertos países de Europa.

La crítica constructiva a la Declaración Universal debe resultar no sólo en un perfeccionamiento de la carta de la ONU, sino sobre todo en la modificación de las leyes vigentes y en la toma de conciencia de las autoridades responsables de su aplicación, desde el Presidente al guardia de la esquina, desde el primer ministro al policía del barrio.

Educar para los derechos humanos es buscar el consenso cultural que inhiba cualquier amenaza a los derechos de las personas.

Derechos individuales y sociales

Se vuelve imprescindible hablar también del derecho a participar en las decisiones políticas y económicas; del derecho de control sobre el sector bélico de nuestras naciones; del derecho a la infancia sana y alegre; del derecho a la preservación de la buena fama ante el abuso de los medios de difusión e, inclusive, del derecho a una programación sana en los medios de comunicación de masas.

Una cuestión delicada es cómo politizar la educación para los derechos humanos sin incurrir en su partidarización. Los derechos humanos tienen carácter político, pues se refieren a nuestra convivencia social. Pero, como derechos universales, deben ser implantados y respetados dentro del principio -que es también un derecho- de autodeterminación de los pueblos. Por tanto, no se deben utilizar los derechos humanos como un medio para imponer a otros pueblos nuestros modelos políticos. Ellos no pueden transformarse en un arma de neocolonialismo, que sería, cuando menos, paradójico.

Tales derechos deben ser respetados bajo la monarquía y la república, en el régimen presidencialista y parlamentarista, en el capitalismo o en el socialismo. Por eso, es preciso comenzar a hablar de derechos humanos y derechos de los pueblos, como derecho a la independencia, derecho a escoger su propio régimen político, derecho de usufructuar de un medio ambiente ecológicamente equilibrado, derecho a no ser colonizado ni explotado por naciones, organismos o empresas extranjeras.

Ningún derecho estará asegurado si, en primer lugar, no fueren ofrecidas garantías al derecho fundamental: el derecho a la vida. No solamente el derecho de nacer, sino también de vivir en libertad y dignidad, lo que presupone, cuando menos, que estén socialmente aseguradas la alimentación, la salud y la educación.

Desafíos pedagógicos

¿Cómo implementar la educación para los derechos humanos? ¿Qué pedagogía adoptar? Hoy vivimos en un mundo plural, donde se habla de globalización, aunque sectas fanáticas y movimientos neonazis echan leña en la hoguera de la xenofobia. Unos aplauden la caída del Muro de Berlín, mientras otros denuncian la creciente desigualdad entre el Norte y el Sur del planeta, que eleva todavía más la muralla de la segregación social. Hay quien proclama el "fin de la historia" al lado de aquéllos que rescatan las utopías libertarias. Bajo la crisis de los paradigmas, la razón moderna asiste a la creciente emergencia de los movimientos esotéricos; hay quien prefiere la astrología, el tarot y el I Ching a los análisis de coyuntura y a las prospectivas estratégicas.

En este contexto de fragmentación paradigmática, donde la cultura cede lugar al mero entretenimiento asociado al consumismo, hablar de derechos humanos y derechos de los pueblos se torna un presupuesto básico de una educación que apunte a modificar las relaciones entre personas y grupos, dentro de una ética de tolerancia y de respeto a lo diferente.

Eso no significa, empero, administrar una sociedad anárquica, donde el derecho de uno termina donde comienza el del otro. Los derechos grupales, étnicos y colectivos deben estar en armonía con los derechos individuales, de tal modo que la defensa de éstos represente una consolidación de aquéllos.

¿O seremos capaces de admitir el derecho del sereno a incomodar de madrugada el sueño de todos los moradores de la calle; el derecho del hacendado de ampliar sus tierras hacia el interior de una reserva indígena; y el derecho de una nación a imponer su modelo económico a todo un continente? No se debe, pues, confundir derechos con privilegios, ni admitir que la ganancia material se sobreponga a la indeleble sacralidad de la vida humana.

Ese ideal sólo será alcanzado cuando escuelas, iglesias, instituciones religiosas y movimientos sociales, Estado y empresas privadas, se conviertan en agentes pedagógicos capaces de educar a personas y grupos en una actitud que las haga sentir, pensar y actuar según el pleno respeto a los derechos humanos y a los derechos de los pueblos.

El lugar del otro

Cómo lograrlo tal vez represente un desafío que sólo pueda ser efectivamente contestado por la metodología de educación popular combinada con el poder de difusión de los medios de comunicación de masas.

¿Qué tal una simulación pedagógica donde un blanco se sienta en la situación de un negro discriminado por el color de su piel? ¿O una comunidad europea subyugada, en un ejercicio pedagógico, a prácticas y costumbres propias de una comunidad africana o indígena? Cuando nos situamos en el lugar del otro, eso representa un cambio en nuestro lugar social y se refleja en un cambio de nuestro lugar epistémico. Nadie retorna igual luego de haber estado en el lugar del otro. Lo difícil es tender puentes a esa isla egocéntrica que nos hace ver el mundo y las personas con la óptica de nuestra geografía individual o grupal, y éste es exactamente el papel de una pedagogía centrada en los derechos humanos.

Fuente: ALAI